SEMANA SANTA

 

Tengo ante mí un “relato” de 23 páginas, escrito por un buen amigo mío, en el que narra su experiencia en Ladeira durante la Semana Santa de 1971.


Mi primera intención fue transcribirlo en su totalidad, pues es un ejercicio de objetividad, de discernimiento y de claridad.

 

Este amigo era una persona con una gran formación, que estudió Teología y era profesor en Valladolid.


No lo voy a transcribir en su totalidad, pero me voy a basar en este relato-testimonio copiando párrafos enteros y poniéndolos en “letra cursiva” para que se distingan bien.


La expedición, un autocar de sesenta plazas, partía de Valladolid en la madrugada del Jueves Santo, 8 de abril, engrosada por peregrinos de Valladolid, Santander, Bilbao, Logroño, Zaragoza, Barcelona y Madrid.

 

En el grupo había dos sacerdotes.


El programa de los cuatro días de estancia allí no iba a ser nada cómodo. Nuestro hotel, a todos los efectos, incluso para dormir, sería el autocar, con las consiguientes molestias y privaciones, que después se multiplicarían por otras circunstancias, que irán saliendo a su debido tiempo.


Cuatro días de pleno sacrificio en los que no faltarían el frio y el calor, la lluvia y las tormentas y , lo peor de todo : los gamberros, las personas que venían a Ladeira para incordiar a los peregrinos y creyentes de Ladeira.


Describo brevemente el lugar. Desde nuestro autocar al “Local” habría unos cien metros. Tras cruzar la carretera de Torres Novas, comenzaba la ascensión de una ladera por una senda de tierra. En la cima de esta se eleva un Crucifijo de mármol, de bellas formas, siempre coronado de flores y acompañado por devotos de rodillas, algunos descalzos.


Dejando la Cruz a la derecha, se extiende una pequeña explanada en declive hasta una mísera barraca de ladrillo. Esa es la “morada” de uno de los miembros de Ladeira, un pacifico anciano de barba blanca llamado Jose de Liteiros. Hay un pozo con brocal alto y a pocos metros un pequeño estanque con agua, de cuyo centro surge una columna rematada por la imagen de Nossa Senhora das Graças.


Desde el estanque de La Virgen y entre la arboleda se aleja, en dirección al sur, un sendero de tierra, que lleva al grupo de casas donde habita Maria Concepción. A este sendero lo llaman “Camino del Calvario”, porque es recorrido frecuentemente por Maria Concepción en éxtasis de rodillas.


Este sendero se divide en dos, casi al final : una parte lleva a las casas de la Comunidad y la otra (continuación del Camino del Calvario) sigue hasta un gran árbol con 3 troncos, donde Maria Concepción vive la crucifixión.

 

Los dos sacerdotes celebrando la Santa Misa en "El Calvario"
Los dos sacerdotes celebrando la Santa Misa en "El Calvario"

 

Como estoy trascribiendo sólo algunos párrafos, puede resultar un poco inconexo y con lagunas. Pero, como dije anteriormente, es un relato prolijo y detallado y prefiero hacerlo así : respetar su testimonio y copiar párrafos enteros.


Por la tarde, casi de noche, hubo oración.Hay bastante gente. Velas, linternas, disparos de flashes.

 

Maria Concepción acaba de entrar en éxtasis. Hay un murmullo constante de plegarias y canticos: Ave de Lourdes, Ave de Fátima y un canto repetitivo que dice “Espíritu Santo, ven a nuestras almas, Espíritu Santo, iluminad a los sacerdotes…”


Me anima ver tanta piedad en hombres y mujeres. Todo el mundo quiere llegar al centro, donde Maria Concepción de pié, con la mirada serena, ora fija en una persona, ora recogida en un punto neutral, no deja de dirigir, magistralmente, oraciones y canticos.


Me acaban de decir que es San Miguel quien se está manifestando por medio de Maria Concepción. La veo que empieza a desplazarse entre la gente y un murmullo creciente hace arreciar las oraciones y canticos.

 

Se dirige a varia personas a las que toma su mano colocándola entre las suyas. Todos quieren tener esa gracia. Pero no es “al azar”, sino que las va eligiendo.


Decepcionado por no entender lo que pasa, pero conmovido por la fe que veo, pido a Dios de corazón que me de un poco de luz.

Observo el esfuerzo de algunas personas por acercarse y las lágrimas y emoción de los favorecidos, tanto hombres como mujeres.


Rezo, invoco a la Virgen y en el colmo de mi zozobra, pido textualmente : “Que vengo a mí ahora “. Acababa de acercarse a un joven de Valladolid, dándole la mano.

 

Inmediatamente, va buscando con la mirada y la fija donde yo me encuentro, bastante alejado de ella. Después, se va abriendo camino entre cuerpos y manos, que rehúye suavemente, y llega hasta mí. En completo pasmo por lo que veo, aún miro hacia atrás por si no soy yo el elegido. Pero Maria Concepción me toma la mano muy sonriente.


Tuve que recostarme sobre un árbol para no caer. Un calor intenso me subía por la garganta. Aquello era increíble.


Me retiré de la escena agobiado por la emoción. En mi interior había hecho a Dios una petición, nacida de la necesidad de tener paz en vez de zozobra, por lo que estaba viendo.

 

Si Maria Concepción seleccionó mi petición “al azar” entre decenas y decenas de personas, mucho más próximas, creó la mayor de las casualidades que recuerdo. Pero mi opinión personal, por muchos motivos que no es hora de explica,r es que Maria Concepción fue movida por una voluntad ajena a la suya, respondiendo a mi petición.


Pruebas como esta se daría esos días en Ladeira “a granel”.


 

Viernes Santo, 9 de abril


Se había acordado tener oración en la última hora del Jueves Santo, pero visto el panorama en el “local de oraçao”, tomado por una horda de salvajes que vociferaban y gritaban sin parar, se acordó posponerla.


La algarabía llegaba hasta nuestro autocar. En nuestro refugio comentamos el sorprendente paralelismo de esta hora, con la histórica de la noche del Jueves Santo en Jerusalén : Todo queda a merced de Satanás y sus secuaces. Era la hora del Poder de las Tinieblas.


Ladeira, en esos cuatro días, iba a ser un doble exacto de la Pasión de Jesús.


Cuando al cabo de unas horas todo se había calmado y empezábamos a dar unas cabezadas sentados en nuestro autocar, auténticamente rendidos, nos llegó un aviso : Maria Concepción iba a empezar la oración…


Son las cuatro y unos minutos de la madrugada del Viernes Santo. Sin haber descansado y sin habernos “despejado” corremos al local de oración.


El contraste con las horas precedentes es formidable.

 

Hay varios centenares de personas. La paz en esos momentos es soberana.

 

Maria Concepción subida sobre un taburete dirige la oración. Es la mejor batuta de piedad que uno puede imaginarse. A veces mide el contorno con los ojos como asegurando el sosiego de aquel rebaño que tiene como hipnotizado de fervor a su alrededor. La piedad es realmente magnifica. Se reza en bloque, hombres y mujeres. No hay curiosos.


La oración se prolonga más de una hora, pero es una plegaria agradable, que a nadie cansa.

 

De pronto Maria Concepción se baja del taburete y se pone de rodillas. Está en éxtasis. Empieza a marchar por el suelo embarrado, lleno de charcos por la lluvia caída en horas precedentes.

 

Maria Concepción tiene el rostro marcado por el dolor, su expresión es de sufrimiento. Nada en sus gestos semeja trance morboso, ni gesticulación estudiada. Todo es sereno.


Esta marcha extática por el Camino del Calvario va a durar unas tres horas. Unos la siguen detrás, otros van delante, algunos subimos a las laderas del sendero para ver mejor.


Maria Concepción va a vivir cada paso de Cristo desde el Pretorio al Gólgota. Tiene varias caídas y se embadurna de barro hasta el pelo.


Veo a hombres y mujeres llorar a voz en grito y sin rubor. Veo llorar al joven de Santander que antes mencioné (no he copiado esos párrafos) y a una joven enfermera de Valladolid que sólo acierta a decir : “¡Dios mío, no hay quien resista esto!”.


Como muchos otros, acabo yo mismo de rodillas y arrastrándome por el barro. Me parece una profanación ir de pie.


Durante la marcha habló varias veces, pidiendo penitencia, oración y quejándose de los que se empecinan en sus pecados.

Durante este “Via Crucis”, tuve, como muchos otros, la

ocasión de comprobar el fenómeno de que me habían hablado, muy típico de Ladeira : Ladeira exhala un perfume suave y delicioso. Está en el ambiente o en torno a Maria   Concepción. No lo trae el viento, ni lo despide planta alguna, ni procede de ninguna persona ni objeto. Viene de repente y se va, también, de repente.


Son algo más de las ocho de la mañana cuando acaba el Via Crucis.

 

Maria Concepción abre los ojos como despertando de un sueño, pero sin muestras de cansancio. Se incorpora y, con toda naturalidad, empieza a conversar con la gente.

 

 

Larga había sido la jornada del “Via-Crucis” por la madrugada, pero aún iba a quedarse corta ante la oración de la tarde.


Empieza a las dos y no acaba hasta pasadas las seis. Y se iban a producir escenas, que quedarían grabadas en todos cuantos seguíamos aquel acto por siempre jamás.


Una noble familia portuguesa ofrece a Maria Concepción su coche para que desde él dirija la oración. El gentío es imponente, la mayoría devotos y simpatizantes, pero no faltan (como casi siempre) un gran número de gamberros y malintencionados que llevarían nuestra paciencia al borde de la explosión.


Maria Concepción, subida en un taburete, comienza sus plegarias, seguidas por todos con un enorme fervor. Acercan a Maria Concepción un anciano sacerdote, que se sienta en una banqueta.

El cielo está nublado. Y al poco tiempo empieza a llover torrencialmente, un autentico diluvio.

Maria Concepción mira al sacerdote y ve que se está calando. Baja de su taburete y con el mimo propio de una madre que atiende a su hijito, se quita el abrigo y cubre al anciano clérigo. Vuelve a subir después a su taburete.


Hay entonces un revuelo general. No me doy cuenta porque estoy un poco alejado (es imposible penetrar por aquella red de gente). Enseguida me llega la onda de lo que está sucediendo : aquella cortina de agua no toca a Maria Concepción. Muchos están viendo caer la lluvia hasta unos centímetros de su cabeza y después describir una parábola en torno a ella para ir al suelo directamente.


Imposible describir el efecto.


Una religiosa que esta al pie mismo de Maria Concepción, sosteniendo un micrófono para recoger sus palabras, experimenta el portentoso hecho de que su mano y el micrófono que están junto a Maria Concepción permanecen secos, mientras en resto de su brazo y toda ella están empapados.


Efectivamente, Maria Concepción, tiene seca la ropa y la cabeza.


La gente se arrodilla. Muchos lloran…


Aquí quiero intervenir yo como testigo.


Yo estaba en primera fila y lo vi perfectamente, muy cerca.


Maria concepción se había quitado su abrigo para ponérselo al sacerdote, al que ampararon con un paraguas. Quisieron cubrir también a Maria Concepción y ella, sonriendo, dijo que no. Llovía intensamente, “a jarros”. Todos vimos, clarísimamente, como el agua no caía sobre Maria Concepción. Era como si un paraguas invisible la cubriera.


Este hecho portentoso duró tanto como el chaparrón. No fue algo fugaz y pasajero, sino que duró bastante tiempo y todos lo pudimos comprobar perfectamente. Cuando cesó la lluvia, Maria Concepción estaba totalmente seca.


Yo nunca he visto nada igual.


Y es totalmente cierto que la religiosa, que venía con nosotros desde Valladolid, no sólo vio que Maria Concepción no se mojaba, sino que su mano, su muñeca y el micrófono, que estaban más próximos a Maria Concepción, permanecieron también completamente secos.

 

Sábado Santo.

 


Haré un resumen, pues el relato de este día es de 4 folios, pero será un resumen basado el testimonio de mi amigo, por eso lo escribiré en “cursiva”.


En la oración de tarde se presentó el Capitán Silva, conocido por todos en Ladeira, pues era la máxima autoridad de la GNR en la Región. Persona altiva y arrogante, autoritaria y soberbia. Su objetivo : avisar de que iba a terminar con Ladeira.


Algunas personas le replican : “Venimos aquí sólo para rezar. No nos metemos con nadie. Usted mismo lo puede ver…”


Y entonces estalla una formidable tormenta. Maria Concepción cae al suelo, de espaldas, como fulminada. Hay charcos y barro, por lo que su pelo queda completamente mojado y embarrado. Se incorpora, en éxtasis, sin ningún esfuerzo.


El capitán Silva con un gesto despectivo, se refugia en su coche.


En el éxtasis Maria concepción contempla a Nuestra Señora :”¡Hay de quienes pisoteen las obras santas de este Santo Lugar!”.


Maria Concepción tiene los ojos clavados en el Cielo, completamente abiertos en su “visión”. Está cayendo un autentico aguacero y el agua golpea con fuerza. Pero sus ojos no se cierran, ni tan siquiera parpadean. El agua respeta su cara.


Un sacerdote pasionista lo atestigua, después de interrogar a varias personas :” En lo que yo he podido observar y según lo que he oído a los que están más cerca, la lluvia no cae sobre Maria Concepción. Por tanto, ello me lleva a argumentar que representa una prueba de la sobrenaturalidad de cuanto está sucediendo.”



 

Aquí quiero aclarar que el día anterior, durante la tormenta, vi y comprobé, como todos los presentes, que llovía “a jarros” y Maria Concepción permanecía completamente seca, no le caía ni una gota.


Pero el sábado fue distinto. Yo la ví, como todos, en éxtasis contemplando a la Santísima Virgen, con los ojos completamente abiertos, sin parpadear. Parecía que el agua no tocaba su cara, pero la tenía mojada, quizá por haber caído al suelo, con charcos y barro y haber permanecido allí varios minutos, con los ojos cerrados.


Por eso, quiero dar testimonio y defender lo que he visto claro, no lo dudoso : El Viernes Santo ví nítidamente como llovía y Maria Concepción permanecía completamente seca. Pero el Sábado Santo fue distinto : sí estaba mojada, su cabeza, su cuerpo y su ropa, aunque mantuvo los ojos abiertos, sin parpadear y el rostro sereno.


Continuo con el relato.


Cuando pasa la tormenta y cesa el aguacero, vuelve el Capitán Silva y aún presencia los últimos instantes del éxtasis. Su expresión es de autosuficiencia y menosprecio. “Todo esto va a terminar”, afirma rotundo.


Mi impresión personal de cómo estaban las cosa en Ladeira, era de que Maria Concepción y su obra parecían un ratoncillo a merced de la poderosa garra de los “gatos” de la autoridad.


Humanamente, con enemigos tan fuertes, su “Obra” estaba condenada desaparecer…

 


Domingo de Resurrección

 


Por la mañana, en un ambiente de clandestinidad, casi a escondidas, un pequeño grupo de peregrinos asistimos a la Santa Misa concelebrada por los dos sacerdotes al final del “Camino del Calvario”. En este pequeño grupo había peregrinos de Portugal, España, Francia, Bélgica, Filipinas, Estados Unidos.


Un claro y agradable Perfume se hizo sentir, por oleadas, en varios momentos de la Misa.


Parece increíble que en pleno siglo XX, en una nación católica y con la experiencia de lo ocurrido en Fátima tengamos que pasar estas vicisitudes.


Este día era patente la presencia de guardias de la GNR. Se habían colocado a la entrada de Ladeira impidiéndonos el paso. ¡No se podía entrar! Se cumplía la amenaza del Capital Silva el día anterior.


Por la tarde los peregrinos estaban dispersos y un tanto desconcertados. Pero teníamos una “misión” : Entrar en Ladeira. ¿Misión imposible?


Yo detectaba algo de miedo en los peregrinos. “Pase lo que pase hay que llegar a la explanada”. ”Puede haber heridos”. ”No hay que replicar con la fuerza. Aguantar y avanzar”.


Cuando contemplo aquel desorden de la gente y la poca idea que tenemos todos de la forma en que tenemos que actuar, doy como seguro el fracaso. Parece que esto va a ser un caos.


Pero observo que a pesar del miedo que sentimos por el inminente choque, nadie, ni hombre ni mujeres, piensa retroceder. Hay una decisión unánime para avanzar, pase lo que pase.


Y llegan las instrucciones : abrirán la marcha los españoles con su estandarte, después los extranjeros y después los portugueses.


Va a ser portaestandarte mi joven compañero de Valladolid, al que refuerzo junto con el chico de Santander para defender el estandarte. Por lo tanto estaremos en vanguardia.


 

Nos colocamos en cabeza y tras nosotros las mujeres. Y llega la orden, pero la orden más desconcertante que uno pueda imaginarse : llega sin palabras.

 

Una mujer portuguesa, alta y fuerte, se pone de rodillas y avanza decidida hacia el sendero que sube a la Cruz. Instintivamente, la seguimos en bloque. La mujer avanza como una apisonadora, allanándolo todo a su paso, extática, impávida ante los policías, que salen a nuestro encuentro.


Miro hacia atrás y contemplo un panorama lleno de emoción : en perfecto orden de marcha vienen una veintena de estandartes arropados por numerosos peregrinos cantando y rezando. El ánimo y el coraje que nos inspiran aquellos cantos y aquellos rezos nos hacen despreciar todo lo que tenemos en frente.


Nada nos detiene, ni los mosquetes ni las porras de los policías.

 

Llegamos a la Cruz. Allí nos sale al encuentro pálido, desencajado, el capitán Silva. No he visto rostro más demudado y sorprendido que aquel.


El contraste con el día anterior es tremendo. El capitán parece, incluso, que tiembla

.

Seguimos avanzando ante la impotencia total de los gendarmes y la inaudita sorpresa de los “hostiles”, que nos miran a distancia sin osar acercarse.


Un nuevo vistazo al panorama general de la explanada me hace calcular el número de peregrinos en unos dos mil.


El capitán Silva, sin control alguno de la situación, pide que venga Maria Concepción, que no tarda en llegar. Y ella con una una calma y serenidad que contrastan con el nerviosismo del jefe de los gendarmes, nos dice que retrocedamos hasta la Cruz de la entrada y que hagamos la oración allí. El capitán parece ahora un muñeco a merced de Maria Concepción.


Todos obedecimos y fuimos retrocediendo, en calma hasta la Cruz. Allí caemos de rodillas en oración triunfal. Maria concepción, sonriente y tranquila, regresa a su casa. ¡Ha triunfado en toda línea!


El capital Silva se fue con su coche para buscar refuerzos. Pero nosotros terminamos nuestra oración con canticos y vivas a Jesús y a la Santísima Virgen Maria. Sólo al al final llegaron los refuerzos, pero nosotros habíamos cumplido nuestra misión : habíamos entrado en Ladeira, habíamos llegado hasta la explanada y luego retrocedimos obedeciendo sumisamente las indicaciones de Maria Concepción, y se hizo la oración, que es lo que pretendíamos.


Quiero aportar brevemente mi testimonio.

 

Efectivamente, yo llevaba el estandarte de España, flanqueado por mi amigo Juan Antonio de Valladolid y por un joven santanderino. No me considero un valiente, pero sentí una fuerza especial, una fuerza que no era mía. Yo avanzaba y veía a los guardias frente a mí. Uno descargó la fuerza de su mosquetón contra el estandarte que yo llevaba y lo golpeó contundentemente, pero yo seguí andando. Nunca tuve miedo y lo mismo les pasó a muchas personas.


Maria Concepción nos dijo que la Santísima Virgen, Reina del Ejercito Blanco, venía sobre nosotros, avanzaba con nosotros. Con el manto abierto, extendido.

 

Sí, yo me sentí cobijado y protegido bajo Su Manto y en ningún momento temí por mi integridad ni por la de ninguno de los que venían detrás.


Fue el maravilloso colofón a este Domingo de Resurrección.

 

 

José Luis López de San Román Tamayo

 

E-mail: sanromanta@gmail.com

 

 

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