Tercer viaje, 31 de diciembre.

 


Este viaje fue realmente, excepcional.

 

Fuimos 4 personas, entre ellas un sacerdote pasionista, licenciado en Ascética y Mística y buen conocedor de fenómenos “extraordinarios”.


También vino un hermano mío, Javier, que es quien condujo el coche.


Empezaré por la noche del 31 de diciembre. Esa noche hubo oración en el “local”. No éramos muchos. Maria Concepción dirigió la oración como lo hacía habitualmente: Rosario de 15 Misterios, al final de cada misterio canticos y oraciones espontáneas.


Era una noche fría de invierno. Después de más de dos horas de oración, Maria Concepción entró en éxtasis. Estaba de rodillas y comenzó una larga “marcha extática” a lo largo del “Camino del Calvario”.


Era como la Pasión que vi en mi primer viaje, pero a lo largo de un camino de más de cien metros.


Fue viviendo distintos momentos de la Pasión : los azotes, la corona de espinas (encontró ramas de espino, que se ciñó en la cabeza), las caídas. Parecía, realmente, que veíamos al Señor.


Una de las personas que había venido con nosotros, exclamaba impresionado :“¡Corazón divino, cuánto me has amado, cuánto te he ofendido!”. En éxtasis, Maria Concepción empezó a cantar :”Corazón Divino, Divino Jesús, se Tú Mi fuerza, Tú Mi vida y luz…”


Recuerdo perfectamente esa melodía.

 

Fue una "marcha extática" que duró más de una hora. Nosotros avanzábamos con ella, aguantando la gélida temperatura, en aquel impresionante Via Crucis.


 

 

 

Al final de la "marcha extatica", quedando clavada en el suelo, con los brazos en cruz.
Al final de la "marcha extatica", quedando clavada en el suelo, con los brazos en cruz.

Al llegar a lo que llamaban El Calvario, Maria Concepción vivió la crucifixión. Se quedó en cruz clavada en el suelo.

 

Yo estaba, justamente, a su lado. Y comprobé que, efectivamente, estaba clavada en el suelo. No se la podía mover ni separar del suelo

.

Lo intenté con disimulo, como si quisiera mejorar su postura en el suelo, pero no lo conseguí. Su rostro reflejaba una gran serenidad, sin acusar las horas de oración y la larga marcha extática.


Al salir del éxtasis se quedó sorprendida al ver dónde se encontraba. Cuando estaba en éxtasis no era consciente de lo que hacía o decía. 

 

Me explicó que cuando entraba en éxtasis se sentía muy unida a Jesús y ya no sabía lo que hacía o decía, ni el tiempo transcurrido, ni si se trasladaba de un sitio a otro...

 

Eso lo comprobé sobradamente, en multiples ocasiones.

 

 

 

 

A la mañana siguiente, observamos que Maria concepción tenía cara de sufrimiento y sentía un gran dolor, especialmente en las palmas de las manos.


Nos dijo que en varias ocasiones había tenido las Llagas del Señor en manos, pies y costado, pero que le pidió al Señor que se las quitara para poder llevar una vida normal. El Señor accedió y ella sentía los dolores de las llagas, pero sin que se le hicieran visibles.


Efectivamente, el Padre Pasionista le examinó las palmas de las manos y vio unas leves manchas de sangre en el centro, pero nada más.


Lo que sí observamos fue que en la frente se le formó una cruz de gotitas pequeñas, como de suero. Poco a poco, esas gotitas se fueron transformando en gotitas de sangre, muy pequeñas. Luego, también lentamente, en la frente se le formó una cruz, una llaga abierta, que formaba una cruz perfecta. Y en esa cruz se marcaban, claramente, los 3 clavos de la Cruz.


Fue la primera vez que vi cómo se le formaba la cruz en la frente.


Al día siguiente, bajamos a la oración de los Primeros sábados por la noche. Era el Primer Sábado del año y estábamos presentes unas trescientas personas.

 

La oración se hacía en lo que llamaban el “local de oraçao”, donde había una columna que terminaba en una imagen de Nuestra Señora de Las Gracias.


Era una noche fría de invierno. Maria Concepción dirigió la oración durante más de dos horas. Ella utilizaba un gran Rosario de 15 Misterios. Como ya he comentado anteriormente, al final de cada Misterio cantaba una canción y añadía muchas oraciones espontáneas.


Yo estaba cerca de ella, pero no a su lado. De repente, me llamó y me indicó que me arrodillara en el suelo. Me arrodillé y se repitió lo mismo que en el pasado mes de octubre. Puso sus manos a la espalda, se quedó extática mirando a Alguien que los demás no veíamos y con un rostro sereno y sonriente, sacó la lengua.


Ví aparecer la Sagrada Forma en su lengua. Su lengua estaba a pocos centímetros de mis ojos y lo vi perfectamente. Cerró la boca e hizo un acto de profunda adoración. Luego, se incorporó y abrió la boca. Allí continuaba la Sagrada forma, que todos los presentes pudimos contemplar.


Se hicieron fotografías que confirman este hecho.

 

 

En el momento en que Maria Concepción recibió la Sagrada Comunión, el sacerdote Pasionista vio una cascada de “flores de luz”, que brotaban delante de ella, ascendían y luego desaparecían.

 

Ese prodigio duró varios minutos. El sacerdote, miró hacía otros lados, para descartar la sugestión, pero cuando volvía su vista a Maria Concepción, allí seguía la cascada de flores de luz. Jamás en su vida había visto nada igual.


Esa noche ocurrieron varios hechos prodigiosos más, pero creo que con esto ya es suficiente.


Al día siguiente Maria concepción nos fue diciendo lo que veía en nuestras frentes. Algunos tenían la marca de la cruz (Apoc. Cap 7, 3 / Ez. 9, 6). También nos dijo que veía a personas marcadas con los tres seises : 666. (Ap, 13, 18).


A mí me dijo que tenía una cruz y una letra. La letra era la F y me dibujó en un papel cómo la veía.


Por la tarde, bajamos a la oración, pero no en el “local”, sino a la entrada, cerca del gran Crucifijo de mármol. Maria Concepción dirigía la oración, como siempre. Empezó a lloviznar, no muy intensamente.


Maria Concepción llevaba un abrigo y un pañuelo de lunares sobre su cabeza. Mientras cantaba el Ave de Fátima la vi transformada en una niña. Yo veía en Maria Concepción a la pequeña Jacinta de Fátima. No me lo creía, pero lo estaba viendo claramente, nítidamente.

 

Al mismo tiempo sentí como un profundo escalofrío y una gran emoción. Agradecí que lloviera, porque así podía disimular mis lágrimas. No lo entendía.


Después de la oración, subimos a despedirnos. Entonces, el comedor quedó inundado por un intenso, agradable y penetrante perfume de claveles. “Es el adiós de Jesús”, nos dijo Maria Concepción sonriendo.

 

Hasta mi hermano, que no era ni crédulo ni muy creyente (pero sí buena persona) estaba impresionado.


Nos subimos en el coche y nos volvimos a casa. Era el domingo 3 de enero de 1971.

 

José Luis López de San Román Tamayo

 

E-mail: sanromanta@gmail.com

 

 

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